Se despidió de todos los suyos sin dramatismos escénicos, sin gestos ampulosos, sin lágrimas ni sonrisas fingidas. Mantuvo la hidalga solemnidad que el dolor merece y dijo adiós dando las gracias. Nadie le pidió que se quedara, ni aparentó consuelos. Lo despidieron bajando la cabeza y quizás aliviados porque se iba. Se fue sin saber cómo, ni dónde. Sin la conciencia avispada de que se marchaba. Así como hacía años el tiempo lo llevaba al garete, así dejó que los kilómetros impusieran su imperio. Se dirigía a ninguna parte para nada, sabiendo que no podía escarpase porque no existía refugio ni futuro. Viajó como si ya estuviera muerto o como si nunca hubiera nacido. Como si desprendido de todo lazo estuviera ausente de sí mismo, incierto de ser alguien, inseguro de ser algo. Se dejó llevar porque no podía llevarse. Se entregó sin resistir como si esperara un milagro aunque sabía que los milagros no le ocurrían ni iban a ocurrirle. Llegó a ninguna parte para saber que no prevalecía sentido para ciertos recuerdos, todo era ayer y el ayer era nada; una nada de su intransferible pertenencia y sin utilidad alguna. Llegó y supo que algo no se había realizado, que estaba en un suspenso eterno condenado a la indiferencia y la sinrazón. El recuerdo era una distorsión de su memoria y el presente algo que no podía ni quería imaginar. El ahora era esa calle que alguna vez, hace tanto, había correspondido a sus pasos y el bolso con las mudas de ropa que eran todo su patrimonio y existencia. Llegó convenciendo que nunca llegaría. Estar y no estar es una habitación de hotel sin rasgos. Una impersonalidad sin promesas que todo el tiempo anuncia la posible expulsión y nuevas desdichas. Estar y no estar es la una cama ajena donde muchos peregrinos impregnaron ausencias y el perfume del vacío. Estar y no estar es mirar los relojes sin que ninguna hora signifique otra cosa que un tiempo sin anuncios que fija a cada golpe de aguja un poco más de desesperación. Llegó para no quedarse, para seguir sin estar, para seguir no estando. Desdibujado, casi sin rostro, sin voz y con los ojos secos. Llego para saberse completamente irrealizado e irreal. Forma malograda, voluntad inconclusa, peso y sustancia que como una cárcel amorfa retenía algo vano y fatalmente estéril en lo que él mismo ya no podía creer ni tenía ganas de creer. Se despidió de todos los suyos escamoteándose el miedo y nadie le pidió que se quedara. Mantuvo la hidalga solemnidad que el dolor merece y dijo adiós dando las gracias. Se fue a ser nadie a otra parte. Partir es morir un poco y él siempre lo supo. Siempre, cada vez que se iba y se seguía yendo. |